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“Es un hijo de puta, pero…”

Las tertulias televisivas se han convertido en una Meca de la mediocridad intelectual española. Y no lo digo yo, lo demuestran ellos (y resalto ellos por motivos evidentes). El plató de televisión es el espacio donde aquella frase de “las contradicciones son síntoma de inteligencia”, sencillamente se desvanece.

Estaba con un amigo politólogo dando vueltas al mal llamado fenómeno Trump (en realidad se llama viraje a la ultraderecha), cuando nos dimos cuenta de que, a posteriori de las intervenciones, apenas dos o tres condenaron tajantemente al presidente electo. Muchos alzarán las cejas, seguros de que todos los presentes en programas como LaSexta Noche afirmaron que Trump era, cuanto menos, un cerdo misógino. Pero he ahí una de las contradicciones aberrantes de nuestro análisis de las circunstancias.es-un-hijo-de-puta-pero

Condenar una posición ideológica implica exponer personalmente unas coordenadas ideológicas que no coincidan con aquello que condenamos. Es decir: que el ABC condene la victoria de Trump por su naturaleza xenófoba y machista no sólo es contradictorio (algunas editoriales comparten la totalidad); también es dañino, porque periódicos como ABC o El País realmente creen estar actuando de manera democrática. Lo que hacen no es más que seguir la corriente de lo políticamente correcto.

Así que los derechistas de plató no condenan a Trump de manera efectiva, sino de manera táctica. Condenan en directo lo que reafirman en los titulares de prensa, y desmienten lo que sea en entrevistas que posteriormente pasarán a querellar. Y hay que estar alertas a eso, porque la televisión configura nuestro orden de pensamiento, nuestro argumentario básico. Estamos hablando de estructuras periodísticas que siguen vanagloriándose, no sé a cuento de qué, de haberse convertido en demócratas una noche del  ’75.

La cuestión fundamental es que se conjugan, por un lado, las necesidades comunicacionales de estar dando el espectáculo, literalmente; con las necesidades de convertir ese espectáculo en un cerco de argumentario políticamente correcto aunque superficialmente macarra. Es el falso margen de la libertad de expresión, la pérdida de lo que los atenienses denominaron phrónein: la libertad de palabra y de pensamiento, juntas en la misma acción.

No hay libertad de pensamiento porque los platós han acaparado un rol bastante espeluznante: no se concretan en torno a los hechos partiendo de unos principios ideológicos para después examinarlos, sino que son el centro de producción de principios totalmente contradictorios y preparados de antemano (a lo largo de cientos de programas y horas de emisión), listos para acotar a largo plazo nuestra propia percepción del entorno. El público, al fin, se convierte en un sujeto sin equilibrio, sin principios, acaba por no tener siquiera voz propia.

Recuerden, recuerden, aquella frase que Delano Roosevelt hizo pasar a la posteridad como paradigma, a cuenta del dictador Somoza: “Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta.” ¿Cuántos periodistas pueden negar comportarse así?

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