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“Fahrenheit 451”, de Ray Bradbury

“Yo no traté de prever, sino de prevenir el futuro.”

Imagine un libro encima de otros cientos de libros, formando una pila en el jardín de su casa. Usted será apresado, no por horrendos propósitos de censura, sino justo en defensa del librepensamiento: a usted y sus semejantes esos textos le pueden carcomer la opinión y, por tanto, la libertad. Leer provoca angustia existencial y le impide ser feliz. Toda su casa será reducida a olvido, su familia reincorporada y sus posesiones escritas elevadas a 232 ºC, hasta arder. O lo que es lo mismo, 451 Fahrenheit.

Bradbury (1920-2012) traza un panorama desolador, que es el conformismo más extremo: la representación del “último hombre” de Nietzsche, aquel sin una razón de existencia y movido en esencia por la retórica de un tempus fugit sin propósito: la Filosofía y la Historia se abandonan, se tecnifican los empleos hasta el punto de que no es necesario que trabajemos. Los clásicos literarios únicamente salen por radio, y los grandes teatros sólo albergan espectáculos de payasos. Incluso el idioma llega a unificarse. La vida es una gran carrera hacia el placer extremo, y nos convierte a todos en reflejos, unos de otros.

Tras escribir Fahrenheit, con una máquina de escribir alquilada en el sótano de una farenheitbiblioteca, Bradbury se encumbró al género de la distopía; una crítica social semi-futurista donde síntomas del presente le permiten representar futuros problemas que pertenecen ya a nuestra propia generación. A esto se le suma un film de 1966 dirigido por el mismísimo François Truffaut, pero plagado de polémicas: cambios en la trama, presiones de parte de Universal Studios y un planteamiento más intelectual, menos sci-fi. Algunas escenas no se corresponden con el planteamiento psicológico del libro aunque, a la postre, haber disfrutado ambos se agradece.

En el caso de Fahrenheit 451 la interpretación social más sencilla es una democracia “bastardeada”, donde la libertad de expresión es absoluta, la Cultura queda relegada a un plano de persecución -no sólo estatal, sino enteramente social; y donde no existe el acceso efectivo a la política, totalmente blindada e ignota. Montag, protagonista, se encuentra en la disyuntiva de aceptar sus dudas o permanecer él mismo como censor. ¿Sucumbir a las dudas es decidir?, dejará entrever Bradbury, y se inicia todo un mecanismo, formado por la familia, medios de comunicación, policía, etc[1]. que retratan de manera brutal la coacción ideológica que se ejerce en la sociedad moderna sobre la destrucción de la individualidad a favor del comportamiento en masa.

[1] Ver “Los Aparatos Ideológicos de Estado”, de Althusser.

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