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Sin voz ni ojos

Las redes sociales son una máquina avasalladora de insensibilización. ¿No resulta acaso tremendamente violento que personas a las que añoramos de hace largo tiempo puedan, de hecho, estar leyéndonos diariamente sin que, a la contra, se reduzca esa sensación de lejanía, fuera de la pantalla? Podríamos decir que las redes sociales crean una fina película interpersonal, gracias a la cual todos podemos vernos, todos podemos oírnos, sin llegar realmente a hablarnos. Una publicación con x mensaje se destina a nuestros contactos, pero tanto la forma como la intencionalidad son de hecho bastante homogéneos entre todos: nuestro mensaje podría estar puesto en boca de cientos de miles de otras personas. Hablamos, pero no dialogamos.

De esta manera volvemos unas líneas atrás: podemos vernos, podemos leernos, pero todo son sustituciones absurdamente racionales y, casi, persecutorias. Olvidamos enseguida lo importante de ser irracionales, de dejarse llevar por arrebatos; olvidamos la inteligencia emocional, que es el más importante engranaje de toda sociedad. Confiamos ciegamente en que lo escrito esconde detrás a la persona que añoramos, que conocemos, pero no escuchamos su voz, no vemos titilar sus ojos; por lo que las redes sociales, además de un acto de buena fe, son una forma bastante refinada de evitar tener que dar explicaciones, ya sea para justificar nuestros actos como para expresar emociones sinceras frente a determinadas personas en concreto y de manera real.

Paradójicamente en una red social, donde cualquiera puede leerte, se puede opinar de manera más cruda. En esto influyen muchísimos factores en los que no voy a entrar, pero a mi parecer lo más importante es esto: que lo que importa no es el contenido, sino la presencia. Desde los videos de gatos hasta la alta política, todo contenido es irrelevante en tanto que busca concentrar un foco de atención: lanzamos un mensaje esperando una respuesta clara —y si es una respuesta consumista-cuantitativa, como los me gusta, tanto mejor—. ¿Cuántas veces hemos publicado algo en Facebook o Twitter con un clarísimo destinatario en mente, sin llegar a avisarles? ¿Y por qué nos sentimos decepcionados/as cuando esa respuesta no ocurre? Tal vez porque lo importante no es lo que hemos publicado, sino el hecho concreto y espontáneo de que el sujeto en cuestión se detenga en nosotros.

Lo que trato de dar a entender no es un modesto intento de solución, ya que difícilmente las redes sociales pueden modificarse a un nivel psicológico y de manera colectiva hacia fines más humanizadores. Es, mejor pensado, una reflexión en torno a una desgracia, a la gran maldición de nuestro tiempo. Recurrir a la imagen de varias personas en un grupo, todas con su respectivo móvil, es un grandísimo tópico: pero es un tópico porque es brutalmente frecuente. Y se da como consecuencia que cuando, después de megustear varias publicaciones de otra persona, la vemos en la calle, no sabemos qué decirle. Puede tratarse de una amiga de la infancia, de un(a) ex a quien todavía tienes cariño, o un antiguo profesor al que nunca le dijiste que admirabas. Da igual: posiblemente nunca des la cara en la realidad de igual manera que en la Red. Y esto ocurre por algo también brutalmente paradójico.

Las redes sociales no son una máscara. Son la realidad. Tanto si publicamos masivamente como si nunca lo hacemos, ambas cosas son sinceros actos de personalidad, que no se dan en persona debido a la tensión emocional, para bien y para mal. En la red no nos “escudamos”. Al contrario, decimos lo que pensamos aunque sea de manera indirecta o simbólica, como con los videos de los gatos o las banderas de Francia; y ello puede también dar a entender defectos y debilidades propias cuando conscientemente querríamos haber dado a entender otra cosa. Por la misma regla anterior: porque no nos dirigimos a nadie en concreto, sino a todo nuestro público. Porque es una llamada de atención, nos atrevemos a soltar pequeñas verdades.

La máscara ocurre en lo Real, cuando al mirar a otra persona ya no estamos pidiendo atención: ya la tenemos. Ahí —frente a otra persona— nos comportamos como ideológicamente queremos ser, y de hecho somos. En la red nunca podríamos serlo de verdad —porque la red no existe de verdad—, sólo lo interpretamos: y por ello es revelador.

Y sin embargo, a mi me gusta la Realidad, me gustan las máscaras. El camuflaje nos dota de inseguridades, de atrevimiento, de amor y odio. En la red sólo hay corpúsculos atómicos infestados de pathos que entrechocan entre sí. No creo que haya solución a esta disyuntiva, al menos a medio plazo, así que si quieren pueden interpretar esto como un lamento. O como una llamada de atención, que es lo mismo.

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