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Opinión

Cuando llora el policía

Las cámaras se encienden cuando ven los furgones de policía llegar a lo lejos. Esos hombres y mujeres uniformados se disfrazan de poder, se alinean y arrastran por los suelos los cuerpos y la dignidad de cientos de personas, a veces serios, a veces entre bromas. Nadie sufre excepto quien tiene, por orden judicial, la obligación de sufrir. Sin embargo, una cámara furtiva y rencorosa da la vuelta al edificio y, ¡oh! vemos a un soldado, a un guerrero, a un implacable guardián del orden, llorando. Inmediatamente las televisiones se enfocan en el suceso, las manifestaciones adquieren otro cariz, quizá no más violento pero sin duda más cruento por cuanto se interpreta la actitud del policía como un acto puro de falsedad. Las masas se reúnen en torno al testimonio del agente, que no cesa de repetir que no es agradable, pero es su trabajo. Cientos de miles de dedos acusadores llevan por lema una sola palabra: hipócrita.

Pero, sin ir más lejos, esto es caer de lleno en la trampa discursiva de los medios de comunicación. La hipocresía no reside, en este como en otros casos, más que en las propias masas enfurecidas que se auto-convencen de que algo no está bien, señalando al lugar equivocado. Es natural y necesario que el policía llore, y es preocupante que lo cuestionemos. Se pone de manifiesto la ética policial, un pensamiento que piensa en objetivos y órdenes asumiendo que los sentimiento son parte de la debilidad de la cohesión social. El policía se niega a sí mismo el sufrimiento que ocasiona, pero seamos serios: este es el fundamento de toda ética, dejar de lado las cuestiones relacionadas con la dominación y centrarnos en los aspectos estabilizadores. Dicho en otras palabras: si cada vez que tuviésemos que posicionarnos con nuestra opinión nos viéramos obligados a tener en cuenta los defectos y virtudes de todo acontecimiento que corra de nuestra cuenta, sería más provechoso el suicidio colectivo. En lugar de eso el ser humano, y así hace nuestro particular policía, prefiere llorar y olvidar. Como el resto de nosotros.

Hay un capítulo de la nueva serie Wayward Pines donde el “aparato de Estado” hace una ronda de interrogatorios sobre sus empleados, simples civiles cuyo trabajo es vigilar al cien por cien por videocámara la vida de sus vecinos. La mayoría se sienten halagados de poder trabajar en connivencia con la represión burocrática, excepto uno: uno que, lamentándose, defiende que las intimidades deben ser respetadas y que, de manera informal, borra algunas de las cintas. Sin embargo, no es despedido, con lo que ese empleado en concreto refuerza sus convicciones de que su trabajo es necesario para el bienestar del resto. Esto es una ejemplificación perfecta de cómo asimilan el discurso ideológico los policías que nos golpean y desahucian: son paternalistas con nosotros porque el Estado es paternalista con ellos.

Pero esto al sujeto medio de clase trabajadora le es lógicamente difícil de asimilar. En esta época de noticias fugaces y culpabilidad abstracta, es totalmente necesario para quien protesta identificar al enemigo, que no es más que quien ejerce violencia explícita por encima del nivel cero. Para el policía es violento el manifestante que se niega a ejercer órdenes de manera física, y para el manifestante lo es el policía que las acata de manera tajante. Para nosotros es más cómodo que el policía no llore, no se lamente, pues esa es la imagen que necesitamos del Poder, una contraposición equilibrada. Cuando el policía llora, se revela como humano. Es, literalmente, una marioneta del Poder que, como los replicantes en Blade Runner, descubre de repente que también es mortal.

Pero existen diferentes funciones represoras en el Estado y sus aparatos ideológicos, y tal vez la del policía no sea la más cruel: existe el totalitarismo intelectual, que justifica; el totalitarismo judicial, que regulariza; el totalitarismo mediático, que acondiciona; y el totalitarismo policial, que ejecuta. Unos y otros se ven a sí mismos como hupsipolis ápolis, es decir, personas que viven al margen y sobre la comunidad, exentos de preocupaciones morales. Y así los vemos y combatimos el resto, pero no es real.

Detrás del policía que llora, hay un profesor de universidad que no lo hace. Detrás del policía que se enfrenta a su víctima cara a cara, hay un juez que no lo hace.  ¿No sería un acto de justicia poética que, al ver las lágrimas del agente del orden en la televisión, cayese un rayo celestial e incendiase los archivos judiciales y los documentos de propiedad inmobiliaria?

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