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Opinión

Referentes de la Clase Media: Batman vs. Bane

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Por norma general las películas de superhéroes se caracterizan más por la caricatura del enemigo que del propio protagonista, porque el primero es el retrato político, las pautas y los fetiches propios del contexto inmediato de la película. Al héroe le caracteriza más un paradigma que una censura —renovada sospechosamente cada quince años, lapso de cada generación—, lo que hace que esto segundo sea más anecdótico y socialmente menos enigmático.

Vamos a hablar de la última película de Batman, en la que se confronta con el villano underground Bane. ¿Quién, o qué, es Bane? Un personaje lleno de odio —justificado o no—, ácrata e irracional que, como táctica de destrucción ideológica total, recurre a liberar a todos los marginados y desclasados de las cárceles y callejones de Gotham City; éstos, en justa venganza, en vez de organizarse —aunque sea paramilitarmete— deciden directamente ejercer la violencia más caótica y desesperada. Bane los dirige como un caudillo militar legitimado por el aclamo público de sus legiones, con discursos que han hecho las delicias de los espectadores: no por ser una reivindicación del crimen dejan de ser ciertamente razonables. Bane nos interpela, esa es la clave de que sea un personaje comercialmente atractivo. Así pues, ¿qué tiene Bane que nos pertenecía?

Bane tiene un comportamiento imprevisible, no sólo destructivo, y eso es lo que hace de él un conflicto en sí mismo: cuando comienzan los asesinatos, el sistema civil norteamericano se afana en preguntarles cuál es su plan, cuál es el propósito. La respuesta es sorprendente, porque no hay respuesta. Nuestra mentalidad ingeniera, buscando constantemente formas de resolver problemas, colapsa al enfrentarse a una verdadera metástasis social que quiere tomar el todo por la parte. Y eso enciende nuestra curiosidad, nuestro morbo doliente de clase media.

Para quienes hayan visto la película, recordaréis la estética homogénea de toda esa barbarie lumpen que acompaña a nuestro villano. No hace falta estar demasiado despierto para ver que ésa es la visión, simplista y explotadora, que Occidente tiene sobre la pobreza, ajena y propia. Para más inri se utiliza la connotación del terrorista: el pobre desarmado que se rebela por la fuerza encaja perfectamente en el Derecho del Enemigo que heredamos de la familia Bush.

Hasta aquí una lectura superficial del planteamiento del film. Pasemos ahora a hablar un poco sobre la perversión de Batman, sin darle cuartel a los prejuicios liberales que lo rodean de una virtud casi insultante.

Batman es un personaje férreo, sombrío, apesadumbrado por una visión omnipotente que le quita el sueño: la sensación consciente de que el enemigo está entre nosotros. Y así es, en efecto: caída la Unión Soviética y sometido Oriente bajo el faro de Israel, ¿quién queda?: Edward Snowden, Julian Assange, Ocuppy Wall Street, etc., etc. Gente que conoce el sistema y estuvo en él, como Bane.

En su vida cotidiana, Batman es un tipo asocial —a pesar de dar banquetes multitudinarios—, que vive recluido austeramente —en su mansión— y con un clarísimo perfil individualista de sacrificio no para con la sociedad, sino para con la idea del Bien en sí misma, en compensación por su trauma prematuro. Batman no conoce al beneficiado por sus actos, sólo busca remover la culpabilidad de su conciencia de que algo está por hacer. Pareciera cualquiera de nosotros enviando fondos humanitarios por SMS, ¿verdad? Todo está rodeado por una tétrica actitud empresarial: de ascesis, de cálculo frío. ¿Qué sentido tendría salvar el mundo constantemente y no celebrarlo públicamente si no fuera por esa presión irracional de que cada cual debe hacer su trabajo sin más? Batman no busca reciprocidad, sólo reconocimiento: actúa en las sombras, sí, pero no es reclamado por teléfono móvil sino mediante una haz de luz titánico. Y como todo buen entendedor pos-democrático, sabe que la policía es incompetente y que sólo las acciones individuales de great men se lleva a término el Evangelio: mínimo tiempo, máxima eficacia[1].

De hecho, es así como está a punto de morir: enfrentado él sólo a Bane en las alcantarillas —¿puede que sean las del Estado?—. Y, fíjense qué curioso, que tras quedar gravemente lesionado Batman no acude al socorro colectivo, esto es, al ejército, sino que hace algo muchísimo más significativo: encuentra las respuestas adecuadas encarcelado en el desierto. La equivalencia estética entre el desierto y el fin de las ideologías ha sido más que estudiada[2], pero vayamos a más: la salida del agujero que es la cárcel sólo se puede efectuar por una escalada ascética y solitaria, que debe terminarse con un fatídico salto de fe, que no depende tanto de lo físico como de la fuerza de voluntad —incluso un niño lo cruza[3]—: ¿no es esto desesperantemente parecido a volverse emprendedor/a?

Por su parte, el Estado también es de un retrato perfecto: el Gobierno está desconcertado y las fuerzas del orden no pueden contener a los insurgentes. La llamada es general, la rebelión sólo puede aplastarse con la colaboración, para ser combatida horizontalmente y no cediéndole todo el trabajo a figuras políticas torpes y corruptas. Es necesario que el pueblo entienda que la rebelión no es la solución. ¿Les suena?

La figura del héroe solitario y altruista es un referente para las clases medias occidentales por dos motivos:

—          En su vertiente conservadora, por el culto a la personalidad lideresca que ordena y censura en un mundo moralmente caótico, y lo hace con autodisciplina militar.

—          Y en su vertiente progresista, porque representa la voluntad falsamente desinteresada del perfeccionamiento. Batman sabe que es inevitable que el enemigo nazca y el sistema quiebre, pero no culpa a nadie: es la naturaleza humana, y él puede solucionarlo por su cuenta. Es un discurso muy parecido a la socialdemocracia, que pretende exculpar al sistema por sus errores humanos, pero que no tiembla al designar como enemigo público al que tiene pretensiones transformadoras.

Batman habría sido un fichaje ideal para los GAL.

[1] Aquí cabría una interesantísima reflexión sobre Superman y la ontología & velocidades urbanas.

[2] Mi publicación favorita es El Desierto de lo Real, de Slavoj Zizek.

[3] “Hasta un niño de cuatro años podría entenderlo, ¡que alguien me traiga un niño de cuatro años!”, que decía Groucho Marx.

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