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Opinión

Diferencia práctica entre simbolismo y discurso: ¿Bikinis o lencería para el público?

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Este es un pequeño ejercicio que se me ocurrió frente al dilema de cómo explicar, en pocas palabras, la diferencia entre el mensaje discursivo -argumental, construido, internamente lógico-, y el mensaje simbólico -que no necesita explicarse, que actúa de manera autorreferencial-.  Pongamos por caso la ropa interior femenina y los bañadores femeninos.

La ropa interior femenina tiene unas connotaciones sexualizadas, con determinados colores y formas diseñadas a tal fin. Siendo así, se  concibe evidentemente como una prenda privada, esto es, no fácil de exponer en público, siendo incluso falta administrativa —exhibicionismo—. La relación más lógica es asociar esta sexualización al hecho propio de la feminidad, asociarla a formas preconcebidas atractivas con respecto a la morfología.

Ahora bien, veamos qué curiosa es la deriva con respecto a la ropa de baño, el bikini. Es bien sabido que conforme pasan los años disminuyen los centímetros cuadrados, por muchos motivos, no sólo de eficiencia industrial: es una manifestación equívoca de la maltratada revolución sexual; la exposición de cuerpos en toda clase de momentos de la vida no se ha entendido bien con el fin liberador y liberado del sexo en el/la sujeto. Pero ese no es nuestro tema.

La mayoría de las prendas de verano están fuertemente sexualizadas, proporcionalmente incluso más que la ropa interior ya que ésta no siempre está predeterminada a la luz pública. La ropa de baño siempre es estética y, conforme sube el precio, es sexualmente más potencial. Aparecer públicamente con un bikini caro y sexualizado es casi una virtud, inversamente proporcional a la aceptación que puede provocar una prenda interior cualquiera, sin mayor fin que la prenda en sí.

He aquí un caso claro de diferenciación simbólica y discursiva: si primase el simbolismo, ambas derivas textiles tendrían una especie de correlación de fuerzas donde lo fundamental fueran el diseño, los colores, el precio, lo sexual, etc.: el escaparate, el juicio público. Es este sentido la primacía de la lencería íntima sería evidente y lógica: el simbolismo flanquearía a sus anchas el sentido de la desnudez y el atractivo, sin más. Ahora bien, en una relación lógica discursiva los referentes de certeza se pierden: una no podría bañarse públicamente en ropa interior sin, al menos, la extrañeza ajena; pero sí puede pasearse tranquilamente por una avenida con únicamente el bikini, que análogamente equivaldría a los estantes de ropa íntima —que no interior— de cualquier centro comercial.

El discurso, por tanto, no está enfocado a la mujer y su cuerpo, sino a la prenda en sí. A la prenda como fetiche, con un significante totalmente funcional que se reviste de una practicidad lógica —los bañadores para lo público, la ropa interior para lo interior— que realmente ni se cumple ni es racional. El simbolismo sería una llamada de atención al sujeto, una interpelación. El discurso liberal, por el contrario, no necesita al sujeto más que como portador de la mercancía, siendo parte de esa infraestructura ideológica en la que el sujeto se identifica con un papel, no con una identidad, ya que no pretende mostrar personalmente determinados atributos sino cumplir con las expectativas sociales de la etiqueta.

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