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Narrativa y poesía

Perder el Tiempo

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—Creo que jamás habrá dos personajes tan antagónicos y a la vez tan mutuamente dependientes como Jesucristo y Nietzsche. Y son, además, los dos sujetos que más tiempo han hecho malgastar a nuestra malsana sociedad.

—¿Se refiere a la evidente analogía entre las dos muertes? Quiero decir, ambos murieron en una especie de expiación de los pecados del Ser Humano. Y además, claro, está el hecho de que dedicaron su vida a profetizar a las masas, estúpidas y desobedientes ambas, por cierto. Al fin y al cabo ambos sentían un poderoso atractivo por predicar desde las montañas del desierto desde una autoridad pseudodivina. Y  Zaratustra era persa, lo cual no deja de ser una elección literaria muy alemana.

—Ambos, Jesucristo y Nietzsche, proclamaron algún tipo de monoteísmo no del todo comprendido.

—Tal vez por ello nunca cayó bien en Alemania.

—Sin duda hay multitud de coincidencias, y de seguro resulta un gratificante ejercicio intelectual. Pero vaya más allá: ¿No cree que Jesucristo y Nietzsche ( el infinito y el momento, la eternidad y el retorno, la caridad y la guerra… ) juegan aún una guerra personal entre ellos mismos, utilizando a la Humanidad? Opino sinceramente que ninguno habló para los demás. Creo que ambos sabían lo que les deparaban y se regocijaron en los males del Ser Humano para demostrarnos a nosotros mismos que, incluso muertos, podían seguir punzando nuestras conciencias. Y las mentes más débiles hicieron dogmas y doctrinas de ello.

—Es una interesante y peligrosa afirmación relacionar los rebaños del Señor Jesucristo con la depresión nihilista de la Humanidad —dijo serenamente Franz Kafka—.

—Y eso no es lo peor. Ahora que Nietzsche ha muerto, no paro de pensar que, si efectivamente no existe el Cielo, nunca le podremos reconocer que tuvo razón. Murió sin más verdad que el convencimiento propio y el rechazo ajeno. Pero me aterra aún más que no haya tenido razón. ¿Y si realmente existe una realidad Más Allá, aunque psíquica? Entonces me asalta su célebre pensamiento: ‘Dios ha muerto’. ¿Y qué intención, qué sentido, tendría mirar a Jesucristo a los ojos como verdadero Dios si en el lecho de muerte concluimos que en la realidad temporal, maldita y mortal, ya no le necesitan? No deberíamos morir pensando en cosas que nos hagan perder el tiempo —sentenció Freud apurando su copa de vino español—.

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