//
estás leyendo...
Narrativa y poesía

Divina Esquirla

Terminé de cenar y entré en mi cuarto. Cerré la puerta con imperiosa tranquilidad. Me desnudé, dejando toda la ropa ahuyentada por el suelo. Aunque normalmente tiendo a cerrar los ojos al momento de meterme entre las sábanas, aquella noche decidí dedicarme a pensar un rato. Una tarea que requiere tantos esfuerzos y que por el contrario necesita de la más absoluta quietud. Sentí los párpados deslizarse sugerentes varias veces en la noche, pero había ciertas cuestiones que no me dejarían abandonarme, y que como otras veces acabarían haciéndome sudar, tumbado en el piso o vomitando en el pasillo. Así que esa noche decidí por fin evitar toda suerte de problemas y explorar mis culpas. ¿Qué es exactamente aquello que hace sentir como un palacio en ruinas justo en el momento en que nuestras vidas parecen tener un rumbo, o al menos estar en calma?

“Preguntas”, me repetía. “El problema, las preguntas”. ¿Pero qué preguntas? Y he ahí que volvía a sentir náuseas. Dudar acerca de la duda, responder nada, es una tarea que las personas cuerdas no deberían arriesgarse a acometer.

Me incorporo, buscando un punto de apoyo en la pared. Estoy sentado en la cama, sintiendo pausadamente el frío del suelo con las palmas de los pies. Contando los pasos, decido acudir a la cocina a por un vaso de agua. Son las tres y veintisiete de la madrugada, y parece que mi vigilia aún tiene por delante un buen tiempo. La cocina está completamente oscura, porque desde hace varios días la farola que está justo a nuestro lado de la calle dejó de funcionar. La única luz que alcanza la ventana proviene desde el otro lado de la calle, con lo que fue prácticamente imposible no patear al gato, el pequeño Helter, que únicamente buscaba mi pierna con un tranquilizador ronroneo.

Consigo alcanzar el interruptor y cojo sin más la jarra de agua fría. Helter, que ve en mi desventura la oportunidad perfecta para conseguir un poco de compañía inesperada, sienta el culo en el centro de la cocina. A pesar del evidente silencio, escucho con todo detalle el repiqueteo de unas uñas en la ventana. Miro bruscamente, sobresaltado, pero sólo consigo ver el vasto dominio de la ciudad nocturna a través de unos cristales que, por cierto, necesitaba limpiar de una vez. Los barrios escasamente iluminados se despliegan ante mí caóticamente. Me siento ante la mesa lentamente, y apoyándome en el respaldo miro fijamente las oscuras nubes que horas más tarde me despertarán con sus insistentes golpecitos acuosos en mi ventana. Helter parece sentirse como yo: cansado, asustado tal vez. En cualquier caso, reflexionaba yo, el hecho de que un gato no duerma por las noches no supone ningún misterio, ya que aprovechan la confusión y la somnolencia para saltar sobre sus vulnerables presas, de la misma manera que el Diablo lo hace con el humo. Y una vez más, un repiqueteo en la ventana, justo en mis narices.

Tomando un largo sorbo de la límpida agua y agradeciendo que me libraba de la fatiga, sólo pensaba en largarme cuanto antes de la habitación, nervioso como estaba. Le ofrezco un poco del vaso a mi gato, que sorprendentemente rehúsa, inclinando su torpe cabeza en perspectiva. Por extraño que suene, sentí rechazo, ya que si bien podía no tener sed, mi invitación era más a la espontánea compañía que a satisfacer sus felinas necesidades. Maldita noche.

Los sorbos se sucedían uno tras otro, hasta vaciar la jarra por completo. El reloj dejó de importar mientras en mi auriculares sonaba el divino Pärt, y las notas se descomponían al ritmo de los extraños caminando de madrugada sobre las aceras. Me veía transportado a los asquerosos lugares que aguardaban allí fuera, fuera de mi ventana. Drogadictos que serían encontrados yacentes en portales y violadores que harían su juego sucio, parias destrozándose la cara en la puerta del algún pub o algún jodido corrupto que daría hoy su canto de cisne antes de reecontrarse con algún narco con suerte.

En fin, asuntos de ciudad, pensaba, mientras mi garganta ardía. Espera… ¿arder? Miro hacia la mesa y contemplo inquieto la botella de Smirnoff que ostenta una mirada desafiante. Vodka. No merece la pena alterarse, tan sólo olvídalo. Vuelve de una vez en la puñetera cama. Pero no pude olvidarlo tan de inmediato como quisiera, ya que las yemas de mis dedos estaban dejando de responder a una velocidad desconcertante. El cristal frío de la ventana formaba de repente un serio reflejo, y me vi surcado por arrugas originadas en el trasfondo de los feos edificios malsanamente iluminados. Mirarme a la cara sinceramente por primera vez en mucho tiempo resultó una experiencia nada deseable, a lo que se añadía la mortificante melodía del trío de cuerda del fin de los tiempos en los oídos. Mi rostro comenzaba a deformarse conforme intentaba palparlo. Era una superficie lisa, dura, ajena, que no merecía ser escuchada. Todo pasó demasiado deprisa, eso también lo pensé yo, cuando de repente desde el reflejo me miraba una criatura sin ojos, sin boca, sin oídos, sin dedos, sin forma, sin humanidad. Ni siquiera era un cadáver. Era más silencioso… menos exótico, más cotidiano.

Retrocedí paso a paso en estado de shock, manteniéndole la mirada a la bestia. Sólo Helter se asustó cuando la botella de Smirnoff se estrelló contra el suelo, provocando que mis pies lloraran sangre en penitencia. Mientras me arrodillaba para frenar aquel dolor atenuado por el alcohol, una de las esquirlas, que se encontrada hábil y oportunamente situada, me devolvía la vista hacia la criatura del cristal. Volvía a ser yo en el reflejo, con mi cabeza angulosamente deformada por el filo cortante y la imagen invertida. La recogí incluso con cierto cariño… ¿Cómo describir aquella sensación? Ser tu propia Santa Muerte, el mensajero del Bien, el condenado alcohólico que miró a la Humanidad y escupió en su cara. El compañero de Dios, el ejecutor de la belleza. La nada conformado tu plenitud. El vómito en los pasillos, mi cuerpo tendido en el piso. Las cinco de la mañana.

Me resolví a llegar hasta mi dormitorio mientras reacomodaba los auriculares del reproductor con la parte interior de las muñecas, evitando el patetismo de ver que mis falanges me son completamente ajenas, debido al efecto sedante del alcohol. Conseguí levantarme de charco de tedio y olores repulsivos, ponerme de pie y andar, sujetándome a las esquinas de las paredes y los marcos de los cuadros. Pensándolo bien, si aquella debía ser la noche, quería hacerlo con ritualidad en mi espacio íntimo, en su más sutil reflexión. Quizás fuera un buen momento para valorar las enseñanzas de la vida, o escribir algún epitafio memorable que les enseñase a todos que negar la vida es justamente amar por encima de todas las cosas. Amar la quietud, la luz, la inocencia. Rechazar la vergüenza ad infinitum.

En mi meritoria hazaña por alcanzar la habitación nada me entretuvo. Al fin y al cabo, ya lo había visto todo innumerables veces. Abrí como pude las ventanas que se sitúan frente a mi cama, invitando al fresco nocturno a abrazarme bajo los brazos. La vieja Luna encumbraba esta sádica parodia. Caí completamente derrumbado sobre las sábanas, oliendo a sudor y alcohol, y moviendo tristemente mis brazos. Ni siquiera sabía si tendría fuerzas para hacerlo, yo tan sólo intentaba mantenerme despierto mientras hurgaba en mis bolsillos. Me encontraba en la misma posición que estuve el resto anterior de la noche… Agradecí para mis adentros haber encontrado la respuesta a las preguntas.

Desde la almohada no alcanzaba a verme los bolsillos. Estaba a punto de desfallecer y no encontraba el maldito filo. Aunque… tampoco recordaba haberlo metido en el pantalón. ¿Acaso estaba en el otro…?

No, tampoco. Joder.

Desde el umbral de mi habitación podía ver el pasillo por el que había regresado. Obviando los desperdicios que mi desventura nocturna había esparcido, encontré la esquirla, mi dulce perdición, brillando desde el fondo. Su luz había atraído a Helter, que se encontraba merodeándola con su húmedo hocico. Efectivamente, tras la caída no reparé en que no la tenía en la mano. De hecho, tampoco notaba las sábanas entre las manos. Mi absoluta necesidad por llegar hasta mi altar había descuidado lo más importante por el camino.

Todo un coro litúrgico que se escuchaba en mis oídos comenzaba a surgir desde las paredes. Afloraban sus rostros, despegando el papel de pared gastado, como si fuera la costra de una antigua herida. Podía notar sus deformes narices arqueadas y el olor de sus bocas, y a mí sólo me quedaba acariciar las sábanas. Me estaba resultando desconcertante cómo un nimio detalle, un leve tropiezo, había resultado ser el disparo de salida de toda una nueva serie de planteamientos. Por culpa de mi estado accidentalmente ebrio mi cuerpo no soportaba ni un sólo instante más. Mis pestañas construyeron con sus cuerpos el Muro de las Lamentaciones, entre el Sol despuntante y mis ojos inyectados en sangre.

Aquella noche, Dios rió.

Anuncios

Comentarios

Aún no hay comentarios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Twitter

A %d blogueros les gusta esto: