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Opinión

Una Clase de Modales: Sobre la Política de la Intolerancia (2ª parte)

El espíritu de competición persiste hoy más que nunca, donde el ciudadano emprendedor es visto como  aventurero y portador de valores. El discurso neoliberal es tan hondo y premeditado que parece una demencia no respetar este tipo de sujetos, pero si excavásemos más hondo veríamos que todo consiste en temer la comparación con tales emprendedores, porque el pensamiento hegemónico ha naturalizado una jerarquización basada en el esfuerzo y la imagen corporativa, que los sujetos conformistas han aceptado porque se han visto inferiores.

Según este orden social[1], toleramos las desigualdades sociales y respetamos a aquellos que las provocan. Una situación absolutamente desquiciante que se revela a sí misma como su opuesto, donde la masa de trabajadores/as prefiere no compararse y trabajar en silencio a tener que revelarse como intolerante y antidemócrata hacia las opiniones ajenas.

No obstante, el emprendedor es, junto al abanico político y grandes accionistas de bancos y multinacionales, sólo la cabeza visible del sistema. Una cabeza que, guillotinada, nos serviría a lo sumo como un bonito trofeo que exponer en la Historia, pero no como una auténtica victoria en cuanto a las relaciones entre sujetos y, volviendo al tema central, el subconsciente de jerarquía y su opuesta horizontalidad. Obtendríamos que el respeto, el miedo, la impotencia camuflada de admiración seguiría latente, incluso eliminando las barreras técnicas que hacen posible el neoliberalismo.

Ya Erich Fromm nos advertía en su libro El Miedo a la Libertad cómo el sujeto occidental comenzaba a asimilar las nuevas caras de la autoridad socio-simbólica, transmitidas por los flamantes televisores, el concepto de fama, la inseguridad hacia el porvenir, el amor a la rutina. Los mismos conceptos acerca de los sentimientos entran en metamorfosis.

En mi opinión, un análisis de los avances tecnológicos y sociales del neoliberalismo supone, paradójica pero consecuentemente, un triunfo en las tesis marxistas, pues vemos que el materialismo histórico[2] acierta incluso más de lo que podía haberse imaginado gracias a la comercialización de los aspectos íntimos del sujeto individual: redefinimos el concepto del sexo, de las amistades, de la autosatisfacción, del amor, de la necesidad, de la enseñanza, de la auto-superación, del tiempo… redefinimos la Vida; algo que históricamente ya conocíamos, que era la imposición ideológica a través de poderes fácticos, se convierte en la convicción forzosa ideológica a través de dispositivos de Poder. Volvemos a la biopolítica.

De manera consciente colectivos elitistas de la segunda mitad del siglo XX[3] pertenecientes a la economía (véase El Póker del Mal o grandes multinacionales de alimentos y armas), la alta geopolítica (instituciones como la mismísima ONU) y el ala militarizada de las mismas, brazo ejecutor de buena parte de las decisiones (como la OTAN o el ejército estadounidense) forzaron el crear las imágenes eurocéntricas, occidentalistas, patriotas/nacionalistas, sirviéndose claramente del sentimiento identitario y el miedo al Otro. La American Way of Life o el famoso American Dream tan implícitamente escondidos en el cine, la literatura, la música o cultura urbana en general y que tanto se han introducido en la Europa de la posguerra no son una casualidad, ni una sabia decisión por valores verdaderamente humanistas o democráticos, como literalmente reproducen los medios de comunicación. Sólo había que ver los cómics de agentes de la CIA matando soviéticos en manos de niños franceses durante la Guerra Fría.

Trasladado a finales de siglo podemos contemplar, a mi parecer, un efecto en parte deseado y en parte infravalorado; y es que el sistema (recordemos: neoliberal, posmoderno post-político) ha superado el hecho de tener que ser comandado, y es el sistema en sí quien comanda sus cabezas visibles. Y en esto considero que deberíamos revisar desde la perspectiva marxista sobre en qué se ha convertido la lucha de clases.

Por norma general, el ejecutor y el ejecutado siempre se han sentido identificados el uno al otro. Este era uno de los motivos por los que las clases bajas, analfabetas y explotadas, comprendieron el Movimiento Obrero y las soluciones que éste promulgaba. Pero, citando la película Revólver: Cuanto más complejo es el juego, más complejo es el adversario. Y en este juego, el concepto maniqueo de explotador-explotado se reconfigura no sólo en una cuestión de cambio de infraestructura, sino de vencimiento de superestructura; es decir, la izquierda debe ahora superar entrar en un debate social para entrar en un debate íntimo. Debe superar y dar por sentadas las tesis de colectivización de medios y ocuparse de temas hasta ahora tan banales como la sexualidad o la estética. ¿Por qué? Por el sencillo motivo de que nuestro adversario así ha configurado el tablero de juego.

Una de las primera reglas del psicoanálisis es que para superar un problema, antes hay que aceptarlo. Y aquí entran en contacto dos personas que de haberse conocido hubieran tumbado las paredes del Kremlin y el Parlamento Inglés: Margaret Tatcher y Vladimir Ilich Úlianov, Lenin.

Mientras que Lenin afirmaba que para iniciar un proceso constituyente se necesitaba uno destituyente, es decir, una destrucción sistémica; Tatcher gritaba a la izquierda su “There is no Alternative” destrozando todas las esperanzas puestas contra las políticas de la Dama de Hierro. Pero considero que ambos fueron muy brillantes al decir sus palabras porque, a través del espacio-tiempo, configuraron la que vendría a ser la táctica de la izquierda europea en el Socialismo del Siglo XXI: para vencer la lógica neoliberal, debemos estudiar la moral posmoderna. Comprenderla y conocer sus orígenes (no sólo en la economía sino en la lógica e imagen del Poder y la propaganda moralista) y sus manifestaciones, ya sean grandes empresarios, grandes estatistas o veteranos de Irak, porque todo guarda una lógica. Al hacerlo, comprenderemos que efectivamente “no hay alternativa”, puesto que el sistema se ha rebasado a sí mismo y no necesita determinados movimientos o sujetos intelectuales para funcionar, sino que por sí los fabrica, y que para conseguir esa alternativa “inexistente” -propuesta en nuestro país por partidos como IU entre otros- la clave no es superar el capitalismo,  sino destruirlo con un proceso de involución moralista que rehaga los pasos.

Gran parte de la izquierda, algunas de ellas denominadas revolucionarias, han sido auténticas víctimas, en mi opinión, de una interpretación de la realidad que han creído suya. Volvemos a lo mismo: las figuras de Poder, las pautas de comportamiento, etc. afectan a todos los individuos, de manera que para desear con fuerza el fin de la lógica posmoderna no nos vale con escribir un cuerpo teórico que modifique la infraestructura, sino comenzar por cambiar nuestra actitud diaria (como diría el filósofo Francisco Fernández Buey[4]) porque para vencer la infraestructura primero deberemos estar dispuestos con la superestructura. Si no, corremos el riesgo, como muchos de nosotros/as podremos ver, de escuchar un discurso revolucionario que en el fondo no desea o teme el cambio.

Un proceso deconstituyente de la concepción moral y actual del respeto, la admiración, el esfuerzo, la competitividad, e incluso de la Democracia, entre otros muchos campos. Todo ello con la advertencia del “There is no Alternative” sonando atractivo como un anuncio de coches por los altavoces de un estadio de fútbol.

Y con esto volvemos a una de las afirmaciones iniciales: la persona intolerante hacia el mal llamado sentido común, que es una de las formas elementales de la violencia objetiva, puede convertirse en un estandarte trasgresor de su época y presentar un nuevo cuadro de opciones factuales e ideológicas que no se encaminen hacia otra metamorfosis del miedo camuflado de respeto, sino que desarrolle un modelo de igualdad de condiciones y oportunidades entre pueblos que finalice en la práctica eliminación de los conceptos respeto y tolerancia, los cuales no hacen sino marcar las diferencias inter-culturales aún no asimiladas por el sujeto occidental.


[1] Descrito brevemente en el artículo anterior.

[2] La superestructura (ideología) depende de la infraestructura (relaciones de producción).

[3] Recomiendo encarecidamente leer a Ignacio Ramonet por si alguien está interesado en la “lista negra”: La Catástrofe Perfecta: Crisis de Siglo y Refundación del Porvenir.

[4] Leer Poliética.

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